JMoralesM 9/04/2026 Hechos reales…
La lluvia de las dos de la tarde en la calle Julián Carrillo no era agua bendita; era un torrente que arrastraba el polvo, la miseria y el silencio de un pueblo que parecía haberse olvidado de nosotros.
Yo tenía once años, pero mi cuerpo, castigado por el abandono y la falta de bocado, se sentía mucho más viejo. Vivíamos en una casa que se caía a pedazos, donde el tizne de la cocina era lo único que abundaba y el pozo del fondo parecía un espejo de nuestra propia soledad. Mi padre, mi abuela y mi hermano menor eran los fantasmas con los que compartía el techo, pero ese día el único fantasma real era el vacío en mi estómago.
Salí a la calle con la determinación que solo da la desesperación. El agua me llegaba a los tobillos mientras caminaba hacia la terminal de los camiones que venían de San Luis Potosí. En ese lugar, entre el olor a diesel y el lodo, se movía la poca vida económica del rumbo. Vi llegar el autobús y observé cómo descargaban bultos y cajas por la puerta trasera.
Frente a la terminal estaba la tienda de Doña Luisa, a quien todos llamábamos «la Vacota».
Era una mujer de carnes abundantes y alma estrecha que me daba un tostón de propina cuando le llevaba mercancía, una moneda que para mí significaba un bolillo o un poco de leche para mi hermano.
Don Ventura, el boletero, me vio empapado y temblando. Sus ojos, que habían visto pasar mil viajes, se posaron en mi fragilidad. Me dijo que había llegado un bulto de azúcar para Doña Luisa y me instó a llevarlo para ganarme algo.
Le dije que no podía, que mis brazos eran hilos y mi espalda una rama seca, pero él insistió. Me aseguró que solo debía cruzar la calle y subir la banqueta. Con un esfuerzo sobrehumano, me cargó el costal de azúcar refinada sobre los hombros. En ese momento, sentí que el mundo entero pesaba sobre mi columna vertebral.
Los primeros pasos fueron un milagro de equilibrio. El agua de la calle Julián Carrillo corría con fuerza, desafiando mi paso vacilante.
Logré llegar al otro lado de la acera, pero frente a mí se alzaba la banqueta de treinta centímetros, un muro infranqueable para mis fuerzas agotadas. Al intentar subir el escalón, el peso del bulto me venció. Caí de bruces sobre la corriente. El impacto fue seco, pero lo que siguió fue una tragedia silenciosa: el agua, esa misma que me empapaba la ropa, empezó a devorar el azúcar. El costal se encogió entre mis manos como si se desintegrara un sueño, dejando solo un rastro dulce que se perdía en el lodo.
No tuve tiempo de llorar mi torpeza cuando la figura de Doña Luisa ya estaba sobre mí. Sus gritos hirieron más que la caída. Me llamó pendejo, me amenazó con Don Severo el carcelero y me hundió en el terror de la prisión. Me tomó de los cabellos con una fuerza brutal zarandeándome hasta que volví a caer en el charco.
Allí, mezclado con la lluvia y el azúcar disuelta, brotó mi llanto, un llanto de niño que entiende, de golpe, que el mundo no tiene piedad con los hambrientos.
Pagué mi «deuda» con creces. Durante un mes eterno, mi vida consistió en barrer la banqueta de la mujer que me había humillado, en sacar agua del pozo hasta que mis manos sangraron y en tirar su basura bajo su mirada iracunda.
Trabajé gratis por un accidente que la negligencia de los adultos provocó. Al terminar ese mes, ya no era el mismo niño. Aprendí a desconfiar de las palabras de aliento que ocultan cargas imposibles, aprendí que el hambre se puede enterrar en lo más profundo del pecho para que no duela tanto, y aprendí que, a veces, la dulzura del azúcar puede convertirse en la amargura más grande de una infancia robada.
“Es sin duda un triste y miserable recuerdo de una infancia hurtada por la miseria, la falta de amor y comprensión” pero sin duda una buena enseñanza de la universidad de la vida…
