Hace años escuché una leyenda urbana que corría de boca en boca, dejadme que os la cuente.
En un pequeño y apartado pueblo llamado San Gabriel habitaba un hombre llamado Antonio, cuya fe y devoción eran conocidas por todos en la localidad. Todos los años, en la noche de difuntos, Antonio llevaba a cabo una singular tradición: encendía una vela especial y la dejaba arder durante toda la noche, dedicándola al alma más perdida del mundo.
Antonio sentía compasión por ella y creía que su vela, llena de luz y calor, podría guiarla y brindarle un breve respiro de esperanza en medio de su desolación.
El tiempo siguió su curso y, finalmente, llegó el día en que Antonio, ya anciano, dejó de existir en el mundo terrenal. Su partida dejó un hueco en el corazón de los habitantes de San Gabriel, quienes se congregaron para darle el último adiós en su velatorio.
Sin embargo, en medio de la tristeza y la congoja, algo inesperado ocurrió. Un desconocido y misterioso hombre, vestido de manera elegante pero con un aire sombrío, hizo su entrada en el velatorio. Su mirada parecía penetrar el alma de todos los presentes, y rápidamente se supo que este individuo no era otro que el mismísimo Diablo.
El Diablo se acercó al ataúd de Antonio y, en un acto sorprendente, inclinó la cabeza en señal de respeto. Habló con voz profunda y seductora, agradeciendo a Antonio por su vela y revelando la verdadera identidad del alma perdida que tanto había conmovido al devoto cristiano. «Gracias Antonio mi alma es la más perdida del mundo», susurró el Diablo, y una sombra de tristeza cruzó su rostro, mostrando una faceta desconocida para muchos.
Resultó que el alma perdida a la que Antonio dedicaba su vela cada año era la del propio Diablo. A pesar de su poder y su dominio sobre el mal, su alma estaba condenada a vagar eternamente sin redención. La compasión y el acto de bondad de Antonio habían tocado algo dentro del Diablo, algo que había olvidado en su maldición eterna.
Desde entonces, cada año, en la noche de difuntos, los habitantes de San Gabriel encienden una vela en honor a la memoria de Antonio y su acto de amor incondicional hacia el alma más perdida del mundo.
