Por Pablo Pineda.
La democracia institucionalizada, hoy es operativa, de números, porcentajes y cuotas vía partidos políticos. No se puede esperar más que acuerdos, conteo de cifras y pobres resultados; muy apenas lo funcional sostenido con chinchetas, pues, la participación de la ciudadanía ha mermado tanto que los candidatos ganadores son llanamente elegidos por una minoría votante.
Así, tales institutos han pasado a la historia con su función político-social incumplida, hoy nula y con ello vemos como resultado dirigencias municipales, estatales y nacionales carentes de valor, lejanos de la ciudadanía, sin legitimar; por tanto, sin justificar su encargo… pero, aún con presupuesto.
Administraciones municipales, diputaciones o gubernaturas son carentes de legitimidad, su base electoral es muy restringida; un indicador de ello es el alto gasto en publicidad institucional, más bien de culto a la personalidad. Pues los valores de su instituto político, doctrina y trayectorias, queda muy poco… Por ejemplo, se dice que, en una encuesta reciente (2023) para la capital potosina, el 39% de los encuestados no conoce a los enlistados para la alcaldía… No hay trabajo político, no tienen identidad, ni causa.
En un informativo y de opinión, de alcance nacional, reflexionan sobre la baja o nula credibilidad de partidos y candidatos en la ciudadanía; acusan la ausencia de trabajo, seguimiento y escasos resultados, han sepultado la vida orgánica de los institutos de formación política, filosofía, principios y plataforma. Eso, está perdido, más aún con las alianzas entre partidos con plataformas distintas o contrarias.
A nivel nacional la afinidad o intención de voto por partido va a la baja -menor al 30% para los clásicos- y en algunos casos, no alcanzarán ni lo mínimo para mantener el registro, como ya se vio con el PRD y otros como, el PRI hoy con apenas 10%, más bajo aún los de nueva creación.
Así, los candidatos tienen como interrogante el ¿Cómo atraer la atención de votante?, mantenerlo y fidelizarlo por lo menos hasta la votación; pues, muchos, que son los indecisos -que cotizan su voto, no su ideología- se vuelven una joya y pueden irse a la cargada, ya asegurados.
El gran reto… movilizar a la ciudadanía a votar lo más temprano posible, incrementar el respaldo para quien gane, validando el triunfo, con legitimidad y compromiso, cual debe cumplir.
Hablar de Democracia, con mayúscula, nada… seguirá igual, sin desarrollar programas de cultura política, participación ciudadana; valor civil, ciudadanía para asumir un cargo y rendir cuentas.
