El cine mexicano del más allá



Desde sus primeros pasos, el cine mexicano ha tenido una fascinación especial por la muerte y lo sobrenatural. No es casualidad: en un país donde el Día de Muertos se celebra con flores, calaveras y música, la frontera entre la vida y la muerte siempre ha sido más porosa que en otras culturas.

Durante la Época de Oro del cine, películas como Macario (1960) de Roberto Gavaldón, basada en un cuento de B. Traven, mostraron la muerte no como un castigo, sino como una presencia inevitable y casi tierna. En Macario, la Muerte aparece para ofrecer al protagonista un trato que revela la fragilidad humana frente al destino, pero también su dignidad.

Décadas después, el tema no perdió fuerza. Hasta el viento tiene miedo (1968) o Veneno para las hadas (1984) de Carlos Enrique Taboada llevaron el miedo más allá de los fantasmas: hacia las sombras del alma. En ellas, lo sobrenatural no es solo terror, sino una metáfora de la culpa, la represión o la inocencia perdida.

El siglo XXI trajo una nueva mirada: películas como Somos lo que hay (2010) o Tigers Are Not Afraid (2017) usan el más allá para hablar de realidades terrenales —la violencia, la desigualdad, la pérdida— recordándonos que los verdaderos fantasmas muchas veces son los vivos.

Así, el cine mexicano del más allá no solo espanta: reflexiona, emociona y honra la relación única que México tiene con la muerte. Porque aquí, incluso en la pantalla grande, la Muerte no asusta… se respeta, se invita a cenar y, a veces, hasta se le filma con cariño.

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