La celebración de Halloween, tal como la conocemos hoy, encuentra su origen en la antigua festividad celta Samhain, que marcaba el fin del verano y el inicio del invierno. Durante esta noche se creía que los espíritus regresaban al mundo de los vivos, por lo que se encendían hogueras y se usaban disfraces para ahuyentar o confundir a los seres sobrenaturales.
Con la llegada del cristianismo, la Iglesia intentó adaptar y asimilar estas tradiciones paganas. Así, el 1 de noviembre se instauró como Día de Todos los Santos, y la noche anterior pasó a conocerse en inglés como All Hallows’ Eve, de donde deriva la palabra “Halloween”.
Al migrar estas costumbres desde Europa hasta América, principalmente con irlandeses y escoceses, se transformaron en lo que hoy conocemos: calabazas talladas, disfraces terroríficos, el famoso “trick or treat” (truco o trato) y fiestas que combinan tradición y comercio.
Aunque en México predominan las celebraciones de Día de Muertos —que honran a los difuntos los días 1 y 2 de noviembre—, la influencia de Halloween se hace cada vez más evidente en la cultura popular y en la convivencia festiva.
