Durante décadas, la leche ha sido considerada un alimento indispensable para la salud ósea. Sin embargo, investigaciones recientes muestran que su efecto no es tan absoluto como se pensaba: aporta beneficios en ciertas etapas de la vida, pero en exceso podría ser contraproducente.
De acuerdo con el National Institutes of Health (NIH), los lácteos representan hasta el 60 % de la ingesta diaria de calcio y un tercio de la proteína que consumen niños y adolescentes. Una revisión de ensayos clínicos reveló que el consumo regular de leche en edades de 3 a 18 años mejora la densidad ósea, aumenta la estatura y favorece la acción de hormonas relacionadas con el crecimiento.
En la adultez, los efectos también son visibles. El estudio OSTPRE (2025) de Finlandia, que siguió a más de 14 mil mujeres durante 25 años, encontró que un mayor consumo de leche y yogur reduce el riesgo de fracturas, incluidas las osteoporóticas.
No obstante, no todo es positivo. Un análisis de la Universidad de Cambridge (2023) indicó que el consumo excesivo de leche se asocia con un incremento en el riesgo de fracturas de cadera: 7 % más por cada 200 g diarios y hasta 15 % con 400 g. En contraste, el yogur y el queso mostraron efectos protectores.
Para quienes no consumen lácteos, existen alternativas como leches vegetales fortificadas, verduras de hoja verde, tofu, brócoli o jugo de naranja enriquecido, que también aportan calcio y fortalecen los huesos.
La leche sí contribuye a la salud ósea, especialmente en la infancia, adolescencia y mediana edad, pero no es insustituible ni debe consumirse en exceso. Una dieta equilibrada, actividad física y adecuada exposición solar siguen siendo la base más sólida para mantener huesos fuertes a lo largo de la vida.
