Una reciente investigación publicada en BMJ Nutrition, Prevention & Health ha encendido las alertas sobre el impacto emocional de las dietas bajas en calorías. Aunque la cultura popular promueve la restricción alimenticia como sinónimo de salud, el estudio sugiere lo contrario: comer poco puede aumentar el riesgo de depresión, especialmente entre mujeres jóvenes.
El análisis abarcó datos de más de 20,000 adultos y concluyó que quienes consumen menos de 1,200 kcal diarias tienen hasta un 35% más de probabilidad de presentar síntomas depresivos. La situación empeora cuando las dietas se mantienen por más de tres meses sin supervisión profesional, provocando irritabilidad, insomnio, fatiga y desinterés social.
El cuerpo humano, y especialmente el cerebro, necesita calorías y nutrientes esenciales —como triptófano, ácidos grasos y vitaminas del complejo B— para mantener un equilibrio neuroquímico. Su ausencia puede alterar la producción de serotonina y dopamina, claves en el estado de ánimo.
Expertos como la doctora Sarah Appleton, de la Universidad de Londres, advierten que “la cultura de la delgadez ha impulsado un tipo de ayuno socialmente aceptado que puede ser tan nocivo como cualquier otra adicción”.
La British Dietetic Association y la Cleveland Clinic coinciden: las dietas deben tener bases científicas, metas sostenibles y acompañamiento profesional, sobre todo en adolescentes, más expuestos a la presión de redes sociales y estándares estéticos.
Señales de alerta ante una dieta demasiado restrictiva:
-Cambios de humor
-Fatiga inexplicable
-Insomnio
-Aislamiento social
-Trastornos alimentarios
Bajar de peso no debe implicar un deterioro emocional. Una alimentación equilibrada y acompañada de apoyo profesional es clave para cuidar cuerpo y mente. Comer bien también es salud mental.
