Aunque las finanzas del Vaticano muestran equilibrio en los libros contables, la situación real dista mucho de ser optimista. Las donaciones, principal fuente de ingresos, se han desplomado, mientras que los costos operativos siguen en ascenso. La herencia económica del Papa Francisco, que ha buscado mayor transparencia y austeridad, se presenta como un complejo rompecabezas que aún no cuadra del todo.
El verdadero foco del problema está en la caída del Óbolo de San Pedro, la tradicional colecta destinada a sostener las actividades de la Santa Sede. Las aportaciones de países clave como Alemania y Estados Unidos han disminuido drásticamente. Para algunos analistas, esto responde a un descontento con las reformas impulsadas por Francisco; otros lo interpretan como un signo del desgaste en la relación con las iglesias locales.
La opacidad sobre el monto exacto que queda en el Óbolo alimenta la preocupación. Lo que se sabe es que la «máquina sagrada» gasta más de lo que ingresa y que buena parte del presupuesto depende de contribuciones que ya no llegan como antes. La situación alcanzó tal nivel de urgencia que, en septiembre pasado, el Papa solicitó ayuda financiera directamente a los cardenales.
El próximo pontífice heredará un Vaticano con activos valiosos —entre bienes inmuebles y patrimonio artístico—, pero con una tesorería debilitada. Aunque se han hecho esfuerzos por ordenar las cuentas, la caída en los ingresos y el aumento de los gastos dibujan un panorama incierto para la Santa Sede, que deberá repensar su modelo de financiamiento en los años venideros.
