La inédita campaña para elegir a nuevos ministros, magistrados y jueces en México ha tomado un rumbo insospechado: lejos de la solemnidad y la seriedad que se esperaría en un proceso que definirá el rumbo del Poder Judicial, lo que hoy se observa es una batalla de marketing personal, frases virales y personajes dignos de un reality show.
La iniciativa, que en teoría buscaba transparentar y democratizar la elección de autoridades judiciales, ha generado desconcierto entre los ciudadanos. En lugar de centrar el debate en propuestas éticas, técnicas y jurídicas, la atención se ha desviado hacia ocurrencias mediáticas que poco tienen que ver con la responsabilidad de impartir justicia.
Uno de los casos más llamativos es el de Dora Martínez Valero, quien se hace llamar “Dora la transformadora”. En un spot cargado de dramatismo, derriba un muro simbólico y proclama: “Hoy derribo este muro para que la justicia llegue a donde siempre debió estar. Cerquita de ti”. Una puesta en escena que, aunque creativa, desdibuja los criterios profesionales que deberían respaldar su postulación.
No se queda atrás Aristides Guerrero García, mejor conocido como el “ministro chicharrón”. Su campaña ha causado furor en redes sociales por su tono relajado y cómico. En su video promocional compara su preparación con la complejidad de un chicharrón: “Estoy más preparado que un chicharrón”, presume entre risas, señalando su doctorado, dos maestrías y una especialización.
Aunque ambos aspirantes cuentan con credenciales académicas, sus formas de promoción han generado más dudas que certezas. El proceso, más que una evaluación seria de perfiles idóneos, se está convirtiendo en un espectáculo, donde el contenido es eclipsado por la forma.
Este nuevo modelo de elección plantea preguntas importantes: ¿se está banalizando el sistema de justicia? ¿Dónde queda la imparcialidad, la objetividad y el profesionalismo? Si bien la intención de acercar a los ciudadanos al proceso judicial es legítima, el riesgo de convertirlo en una pasarela de popularidad podría tener efectos contraproducentes.
La justicia no debería ser un show. Y aunque las campañas virales puedan arrancar sonrisas, lo que está en juego exige algo mucho más profundo: confianza, integridad y seriedad.
